“Vuelve a casa vuelve, por Navidad”. Así reza uno de los anuncios que cada año llena nuestras pantallas en fechas navideñas. En este spot del Almendro, un joven a lomos de su moto llega a casa y se reencuentra con su madre después de un largo tiempo fuera de casa. La madre le recibe con un fuerte abrazo y con una sonrisa de oreja a oreja. Sin duda, algo falla…
Hoy más que nunca esta escena nos parece pura ficción. La figura del joven emancipado “que vuelve a casa por Navidad” es cada día menos habitual. Un hecho aparentemente natural, como es el de independizarse a una edad adulta, se ha convertido en una misión casi imposible. El alto
precio de la vivienda y una cultura del alquiler poco arraigada en este país cierra a nuestros jóvenes la posibilidad de una emancipación temprana. Pero estos no son los únicos factores que lo dificultan. Este hecho guarda tras de sí un análisis mucho más profundo.
Tener hijos adultos en casa es un fenómeno que encuentra sus causas también en los padres. La sobreprotección materna causa a veces en sus descendientes un miedo a la libertad, un cierto temor a estar en primera línea del frente, un temor, en definitiva, a la libertad y a la responsabilidad. La falta de incentivos a independencia por parte de los padres puede causar en este sentido un acomodamiento en el hijo que no se acaba percibiendo por ninguna de las dos partes. De esta manera, el hijo acaba llegando a un status ideal: disfruta de lo mejor de ser adulto beneficiándose a la vez de la comodidad del hogar. Esta situación, más común de lo que la gente cree, puede combatirse con ciertos mecanismos realmente eficaces. No es nada novedoso; de hecho, años atrás ésta sería una práctica muy normal. Se trata, pues, de gravar la estancia del hijo. Y es que muchas madres les acaban diciendo “esta casa parece un hostal: sólo vienes a dormir y a comer”. Dicho y hecho. La limpieza de la ropa, la estancia y la comida tienen un precio. De esta manera, el hijo puede acabar entendiendo que, pese a una reducción del nivel de vida, pagar un alquiler a final de mes tiene más ventajas que pagar una mensualidad en el seno del hogar.
La madre se estalla de emoción al ver a su hijo. El perro (a la izquierda de la madre) quiere participar también de la escena





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