Extraños en un tren


Esta película constituye un espectáculo adrenalínico, trepidante y más que dinámico: en definitiva, un trabajo paradigmático dentro del universo Hitchcock.








J.DOMINGO.  Suave fundido desde negro, fanfarria de música clásica y, después del logo de la Warner,  aparecen los títulos iniciales con imágenes en blanco y negro de fondo. Efectivamente, en blanco y negro, y es que “Extraños en un tren” es un film con más de sesenta años de historia. En la época de lo digital, de las imágenes picadas y del 3D, “Extraños en un tren” puede parecer, a priori, una película de filmoteca, lenta y difícil de digerir. Nada más lejos de la realidad.

En este trabajo el director británico se esfuerza por mover la acción deprisa para que el guión, basado en la novela de Patricia Highsmith,  rápidamente adquiera los códigos hitchcockianos. Estos son: suspense, suspense y más suspense.

En el largometraje Hitchcock trata fiel a su estilo un tema habitual en su filmografía: el falso culpable. En “Extraños en un tren”, un tenista llamado Guy Haines (Farley Granger) y Bruno Anthony (Robert Walker), un caprichoso heredero, se conocen casualmente en un tren con destino a Long Island. Después de mantener una breve conversación, el adinerado psicópata le propondrá un maquiavélico plan: un intercambio de crímenes, él acabará con la libertina mujer del deportista para que al final éste pueda conseguir su divorcio y el tenista asesinará a su padre al que odia profundamente.

“Extraños en un tren” vuelve a poner de manifiesto la gran capacidad de Hitchcock para escoger sus historias y también para explicarlas. Si “Psicosis” dejó para la posteridad la escena de la ducha y “Con la muerte en los talones” un avión que casi rebana la cabeza de Cary Grant, “Extraños en un tren” nos regala la deliciosa escena del partido de tenis. En pleno juego se nos muestra a los espectadores del partido moviendo la cabeza al unísono de izquierda a derecha. De pronto, la cámara se acerca a la grada y el espectador percibe a una persona que está mirando fijamente hacia el frente: se trata de Bruno, que sólo tiene ojos para Guy. Una historia entretenida explicada de forma brillante.

¿Entonces, no hay calificativos negativos para este clásico? Aunque parezca difícil encontrar los flecos de la película, cabe destacar que Hitchcock  vuelve a tropezar con la misma piedra de siempre: el cliché moral. Y es que Guy, en la novela original, es efectivamente culpable: sucumbe a la presión y comete el asesinato. El director no quiere ceder ante el principio que cualquier hombre es un asesino potencial, ante el dilema moral del egoísmo contra los principios.

Guy, en la película, no sólo no es un asesino, sino que es un héroe: acude en ayuda del padre de Bruno. El tormento interior se cambia por simple sufrimiento debido a la presión externa, al no permitir que Granger fuese un criminal. En el film, Guy es un santiño y esto reduce ligeramente el interés.

Este pequeño fallo ya lo cometió en sus dos anteriores películas, convirtiendo la historia que explica en algo más o menos predecible puesto que el espectador tiene la sensación que al final, pase lo que pase,  el bueno vivirá y el malo perecerá. De hecho, este punto se contradice con el mismo Hitchcock cuando en una entrevista de televisión afirmó: “El suspense es la sensación que tiene el espectador de que posee una información que el actor desconoce, de que algo va a pasar y está esperando que pase"

Eso no quita que Hitchcock tenga un don para explicar historias. El director sabe cómo y cuándo añadir las dosis exactas de suspense en cada momento para crear un clímax de intriga que se desmorona en el desenlace del largometraje. Hitch logró recuperarse de sus dos anteriores fracasos de taquilla (Atormentada y Pánico en la Escena) gracias a “Extraños en un tren”, una de sus mejores y menos conocidas obras, una obra casi perfecta.

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